En 1958 nació en Madrid un chaval al que le dio por dedicarse al fútbol. Tenía cualidades y mira por dónde, tendría un papel bastante importante en el recuerdo colectivo nacional. Resulta que este chico despuntaba y un tal Miguel Muñoz lo llamó para que jugara con la selección nacional.
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Estaba llegando la navidad de 1983 y hacía unos meses había nacido mi hermano, aunque esa es otra historia.
El caso es que esa noche todo el país estaba ante el televisor, o al menos eso me parecía a mí en aquel momento, que con ocho años ya se sabe que el mundo es muy pequeño.
1, vaya, gol de los otros, ahora hay que meter doce por lo menos… 2, 3,…
Cada gol resonaba en la escalera y llegaba de vuelta por las ventanas a modo de eco por todo el vecindario.
4, 5, 6, 7,…
Cada vez más fuertes, cada vez más largos e intensos. Como si los goles fueran avisando de lo que iba a pasar. Como si repartieran ilusión por todas partes.
¿Cómo no estar atento ya a eso que estaba pasando?
8, 9, 10,...