En los mundos del género anexos o insertos al nuestro, contamos con la realidad como toma de tierra. Podemos meter descargas de locura siempre que esto esté activo, pero el calambrazo nos lo vamos a acabar llevando.
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La cola del supermercado es el lugar en el que estás cuando el apocalipsis ha empezado en un laboratorio de Kamchatka, el supervolcan de Yellowstone o la biblioteca de la universidad de Miskatonic.
La cola del supermercado es un trasunto de nuestra vida. Orden guiado por una serie de normas que todo el mundo acepta pese a que nada nos ata realmente.
Es un espacio de espera paciente donde sueñas con que abran otra caja y seas la persona que se beneficie de ello,
eso siempre que estés lo suficientemente cerca o que no hayas ya posado tus bártulos en la lenta e inexorable cinta que te lleva a pagar la cuenta ante San Pedro, digo, el personal de caja.
Es un lugar perfecto para que pasen cosas malas. Vamos a ver las más habituales:
1. Esa llamada.
En este acontecimiento, el personaje recibe una llamada horrible. Puede ser el inicio del drama, el primer punto de giro o el descubrimiento de la información que más temías, por ejemplo.
Recibir malas noticias en un lugar público es complejo. Pone a prueba la integridad de la máscara. Además, estamos en medio de la cola. ¿Qué haces? ¿Te vas y dejas todo ahí en medio? ¿Sigues como si nada? ¿Te derrumbas?
2. El extrañamiento.
Te está mirando. Sí, no mires para el móvil, te está mirando. Ahí hay otra persona más. No, no le vas a decir: «Señora, ¿qué mira usted?» porque... bueno, tiene la mirada algo rara, ya me entiendes. ¿Y ese tipo señalándote con el dedo y la boca abierta? Es perfectamente normal.
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Es un espacio de espera paciente donde sueñas con que abran otra caja y seas la persona que se beneficie de ello,
1. Esa llamada.
En este acontecimiento, el personaje recibe una llamada horrible. Puede ser el inicio del drama, el primer punto de giro o el descubrimiento de la información que más temías, por ejemplo.
Te está mirando. Sí, no mires para el móvil, te está mirando. Ahí hay otra persona más. No, no le vas a decir: «Señora, ¿qué mira usted?» porque... bueno, tiene la mirada algo rara, ya me entiendes. ¿Y ese tipo señalándote con el dedo y la boca abierta? Es perfectamente normal.