Era un mundo solo nuestro, lejos de horarios y mandatos, de los mayores y sus problemas, donde nadie nos pedía crecer.
Pero aquella tarde de septiembre algo cambió.
Yo estaba en el suelo, dibujando el mapa del reino con un palo seco, cuando Andrea se quedó callada.
Pero aquella tarde de septiembre algo cambió.
Yo estaba en el suelo, dibujando el mapa del reino con un palo seco, cuando Andrea se quedó callada.
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—¿Quién es? —pregunté.
—Un amigo —dijo ella, sin mirarme.
Seguimos jugando, aunque de otra forma. Andrea estaba distraída, miraba hacia la cerca de vez en cuando,
Al caer la tarde, Andrea se sacudió la tierra de las rodillas y sonrió.
—Mañana vengo más temprano.
Pero no vino. Ni al otro día, ni la semana siguiente.
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